V-LAS OPORTUNIDADES ME DIRAN EL CAMINO
¿Será posible?
El caminante doblo la esquina y cruzó la calle, no serían aun las dos de la madrugada de un frio miércoles de invierno. La pobreza susurraba su gloria sobre los helados pavimentos, se cruzó con unos indigentes que tosían y se lamentaban, intentando vanamente dormir. Finalmente se detuvo a contemplar las flores congeladas del parque, pidió un deseo y arrojo una moneda hacia el estanque. Se detuvieron tres individuos, dos hombres y una mujer, quienes a pesar del toque de queda gozaban de una inalterable impunidad. Se quitó su sombrero y pensó en una de esas desiertas islas del estrecho de Magallanes, adonde no llega nadie, nunca. Comenzó a llorar, abrió su maletín y quito un revolver para comenzar a disparar al público.
-¡Esto es para ti, inmundo René!
Las personas comenzaron a correr; la mujer se tropezó con unos guijarros y cayó al suelo, eso lo libro de los impactos de las balas. El primero de los hombres dejo de correr casi al instante de comenzar su huida. Una ráfaga carmesí mancho el agua del estanque. El otro hombre fue menos afortunado, porque el impacto lo liquido al instante atravesándole el cráneo. La mujer se prosterno, llorando e intentando gritar; el misterioso sujeto le apunto el revolver; el frio de la noche le mecía el Montgomery y el cabello lacio y castaño.
-¿Qué queres de mí?
El hombre sonrió.
-¡Por fin os silenciare para siempre, René!
Se preparó para percutir. Se oyó un disparo en la fría noche. El misterioso español cayó derribado y la mujer grito de espanto.
Hasta aquí el comentario de Úrsula Peña, la testigo; al llegar la policía el cuerpo no estaba y en su lugar una mujer, quien aseguró ser una mendiga, afirmó haber encontrado el arma sin balas, en tanto que cuando se le pregunto sobre el cuerpo del agresor, no supo contestar. Se la detuvo y se la condujo a la comisaría para proceder a una mayor averiguación. A las cuatro de la mañana la encarcelaron en la prisión, a las siete, cuando se la fue a buscar para pedir testimonio, no estaba en la prisión.
Por su parte, Úrsula Peña desapareció cuando se la fue a buscar; se afirmó verla por última vez cerca de un riachuelo. Se encontró en la superficie su ropa, pero no hubo registros de su cadáver. Por lo cual no tenemos pistas para descubrir quién asesinó a Pérez y Calletti, dos miembros del Ejército Argentino. ¿Será posible?
El comisario permaneció quieto, silencioso y asombrado.
¿Será posible?
Mi amigo se levantó de su silla y comenzó a caminar en círculos alrededor del comisario. Le interesaba su historia. Reconozco que su intuición le prevenía de creer en fantasmas y había escuchado otros detalles interesantes. Su mente había comenzado a atar cabos sueltos. No teníamos mucho tiempo: en una hora cerrarían la biblioteca.
-¿Será posible, Agustín Saravia?
Un índice se acercó al rostro del comisario.
-Señor Saravia, señor.
Comió unos caramelos tic tac. La diabetes lo atormentaba.
Se escuchó una risa.
-¡Broma, amigo, broma! Le diré que hare: tomare el caso, me gusta trabajar bajo presión. Además, me vendrá bien el dinero... Quitare las licencias narrativas que se tomó y limpiare la historia. ¿Quién le dice? Pude haber sido un gran escritor. Pero necesitaría escuchar la opinión de mis colaboradores, sin ellos serviría yo tanto como una prostituta sin su falda. Dígame, Facundo, ¿qué opina de esto?
-Hay vidas en juego y dos familias que quieren justicia. Mi respuesta es si-dije.
-¿Y usted, jovencita?
Agustín Saravia tosió.
-¿Jovencita?
-Estaba corrigiendo las anotaciones-dijo Margarita Smith-´Pero mi respuesta es que acepte el caso.
Agustín Saravia sonrió. Reconozco que le interesaba el desafío personal sobre la justicia. La muerte de dos militares y la desaparición le tenía sin cuidado.
-Dennos un adelanto del treinta por ciento y déjelo todo en nuestras manos, comisario Sosa. Para mañana le tendré algunos comentarios.
-¿Me recomienda que drene el riachuelo?
-Sería una pérdida de tiempo y recursos. Confíe en mí, ¿le he fallado en los últimos veinte años?
Al retirarse Sosa, Saravia se dirigió a mí y a Smith. Dijo muy satisfecho:
-Ese Sosa es un incompetente. La mendiga era el asesino.
-Usted se equivoca si supone que esa mendiga suplanto al español. ¿Cómo podría un español imitar la voz de una argentina toda una mañana?-deduje.
Mi amigo volvió a sonreír.
-El problema de los jóvenes es que no invierten las ecuaciones. Eso mismo pensé yo, pero invertí la ecuación automáticamente. Vayamos a la escena del delito.
Fuimos al estanque. Unas manchas de sangre lo rodeaban. Agustín Saravia observo la escena por varios minutos, junto algunas muestras del suelo, tomo notas, observo con sus gruesos lentes. Nos dirigimos a unos pasos y nos topamos con unos mendigos, con quienes tuvo el siguiente dialogo.
-Es una calle muy poco transitada por las noches, ¿verdad?
-Al contrario señor, bastante, a pesar del toque de queda.
-Estado de sitio de mierda-dijo Saravia, escupiendo-. No me afecta en lo mínimo, pero soy un viejo, y todo me molesta. ¿Escucharon de lo que paso el miércoles?
-Sí, yo estuve presente. Nunca había visto morir a una persona.
-¿Conocían a la mujer que detuvo la policía?
-Sí, claro, era Martina.
-¿Saben si a Martina los militares le secuestraron un hijo o hija?
-¿Hay secuestros de…?
-¡Por favor, si ustedes saben lo que pasa!
-Bueno…sí. Ya qué lo menciona, desapareció su hijo últimamente.
¿Es usted boludo, Peralta?
Nos retiramos los tres, y mi amigo se mostró muy obtuso, valga decir. Lo sospechamos Margarita Smith y yo: era probable que hubiera descubierto pistas importantes. Pero no lo mencionó ni le preguntamos. Con mucha frecuencia se llevaba un pañuelo de papel a la boca, tosía y lo arrojaba lejos. Margarita Smith, en un momento dado, fue a buscar uno de estos pañuelos, y al verlo, cacheteó a Saravia.
-¡Tienen sangre!
-No es cierto, para que sepas.
-¿Estuviste bebiendo y fumando?
-Nada más de lo habitual, querida…
-¡No soy tu querida! ¡Aprende a respetarme! ¡Me pediste que te tomará apuntes!
Fuimos a la comisaria, donde nos esperaba Sosa con unos mates. Estábamos mateando cuando apareció un cabo con hielo en la cabeza, pidiéndole un autógrafo a Saravia. Este le dijo:
-¿A quién le corresponde el honor?
-Peralta, Ramiro Peralta.
-¿Se siente bien, cabo?
-Sí, comisario-dijo Peralta-Solo me duele la maldita cabeza desde estos últimos días.
-¿Ordeno lo que le dije del tiroteo en la plaza, Peralta?
-¿Qué tiroteo? ¿Qué plaza?
-¡El tiroteo, Peralta! ¿Es usted boludo, Peralta?
-¡Ah sí, la plaza! Disculpe comisario, últimamente me olvido de todo.
Luego, Agustín Saravia paso revista a la biblioteca de Sosa, queriendo saber si le recomendaba alguna lectura.
-No hay novedades, Saravia; pero estoy leyendo algo de filosofía cartesiana.
Saravia me dejó con Sosa y Smith y fue rumbo a la celda de Martina. Media hora después salió con el rostro preocupado, tosiendo y llevándose sus pañuelos a la boca que ya le escaseaban.
Las oportunidades le dirán el camino o una explicación
Fuimos a su casa, donde, con mucho esfuerzo y ayuda nuestra, se bañó. Hacía cuatro meses no se bañaba.
Me pidió que le alcanzará un poco de pollo del día anterior.
-Saravia, debe ser más ordenado. Cuando fui a buscar el pollo encontré sobre la mesa un calcetín sucio.
-Es natural: cuando más activa este mi mente, más desordenado va a estar mi entorno-eructó y, agarrando una pata teniendo el rostro voraz, pasó a explicarnos:-Este caso es muy simple. Me habías dicho, pibe, que no podía un español hablar como una argentina toda una mañana sin ser sospechado. Pero yo invertí la ecuación. ¿Qué me dirías ahora de una argentina imitando a un español en solo dos frases? Martina era el español. Su hijo había sido secuestrado y decidió vengarse. Para eso se disfrazó con un Montgomery y una peluca. Mató a dos hombres y luego se cambió de ropas. Sus amigos mendigos la hicieron desaparecer, menos el arma. Fue apresada y logro escaparse, cuando el oficial Peralta fue a verla, lo golpeo y lo desmayo, de modo que le robo las llaves y lo dejo medio idiota. Luego, ustedes se habrán dado cuenta que escapar en esa comisaría es muy fácil si uno es rápido y ágil.
“Luego están mis pesquisas de averiguación sobre Úrsula Peña. Úrsula Peña en realidad es, mi estimado Facundo y mi estimada viuda, Martina. Lo sospeche siempre, teniendo en consideración que no se tomaron declaraciones sino hasta después de la huida de la madre desesperada de la ley. Luego lanzó al riachuelo unas falsas ropas para hacer despistar a la estúpida policía.
-¿Por qué dijo eso de “René”?-pregunte.
-No me caben dudas de que Martina hablo en español castizo, lo que si me da lugar a la sospecha es que dijera eso de “René”. Ya les había dicho que el comisario Sosa había puesto mucho de si mismo en el relato y, consultando sus gustos literarios, estaba la obra de René Descartes. Por otro lado, si Martina invirtió tanto dinero en su venganza, es posible que se encuentre en otro país.
-¡Notable, Saravia!-exclame con asombro-En ese caso, esa buena mujer rompió los esquemas. Tenía entendido que esta clase de personas no se mezclaban en asuntos de sangre.
-Las oportunidades le dirán el camino que deba llegar-filosofó el viejo-. ¡La justicia ha hablado!
YAMIL LEONEL ROGELIO ARTIGAS Yamil Artigas
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